en el barrio le dicen moncho
Quemar simplemente el decorado de lo que no queremos ver nunca más, el de la miseria que oprime, el de la ciudad hormigón que encierra, que asfixia.Quemar los medios de transporte que humillan todos los días la imposibilidad de salir de ese gris.Quemar las escuelas de “la república” que son los primeros lugares de exclusión, de selección, de clasificación, de aprendizaje a la obediencia incondicional. Quemar los ayuntamientos que gestionan la miseria, y las comisarías, sinónimos de humillación, prepotencia y golpizas. Quemar el Estado que gestiona esas prisiones a cielo abierto.Quemar los locales de los partidos políticos. Quemar a los políticos despreciativos. Quemar a la élite.Quemar los depósitos de mercancías, los concesionarias automotrices, los bancos, los videoclubs, los supermercados, los centros comerciales, los canales de televisión.Quemar y no robar, sólo para transformar en humo esta mercancía por la cual debemos reventar laburando y que debemos “normalmente” codiciar, consumir, acumular.Quemar porque parecería que es la única forma de hacerse oír, de no ser invisible. Quemar con el espíritu evidente de hacer cambiar las cosas.
Entre el ilustre mar y tú, la relación de profundidad es enorme; es por aquello que no es tu recuerdo quien va adentro de mí, sino yo mismo íntegro adentro de tu recuerdo porque yo soy tu recuerdo; desde mi congoja llueve tu nombre, y voy como Galvarino con los brazos cortados a la altura del corazón.
un mundo imaginario
tipic
Regresemos en mente a la era acida